Venezuela menesterosa

Isaías A. Márquez Díaz

A quienes sobreviven de la recolección de desperdicios alimenticios, la jerga que ha adoptado, sarcásticamente,  la  neoboligarquía les denomina “excluidos extremos”. Eufemismo que en castizo llamamos: “indigentes”, “harapientos” o “mendigos”. Casi todas las ciudades de Venezuela, incluso Caracas, se hallan plenas de indigentes, quienes prefieren escarbar bolsas de tales desechos antes que hacer una inútilmente en busca de comida, como meoindigentes, cuyos hábitos alimenticios les distinguen del informal que recoge latas vacías o que se ofrece a indicarnos como  y donde aparcar el vehículo a cambio de una propinita. Estos ofrecen un servicio que nadie les solicita, pero que requiere de ellos, bajo chantaje solapado en virtud de su disposición fiera a embromar, rudamente, la indiferencia del automovilista rompiendo, durante su ausencia, el espejo retrovisor, pinchando algún neumático o rayándolo.  Aunque ultra devaluada, Con ellos se tranza en moneda de curso legal un monto determinado por tal “servicio”. Se trata de un neoindigente que esta fuera de toda economía, razón por la cual come basura.

Las bolsas de basura rotas y su contenido putrefacto en torno a ellas, lo que delata una indignación de lo que denominamos, folclóricamente, “pelabolas”.

No obstante, los asesores mediocres del  chavismo o socialistas del siglo XXI, trasnochados, insisten en decir que los índices de pobreza dizque se han reducido.

Paradójicamente, hay oferta de productos agropecuarios, cuyos costos impiden adquirirlos.

Propio y resaltante de la neoindigencia bolivariana su tropismo orientado hacia las avenidas principales de sectores clase media (de lo que aún queda), ya que, paulatinamente, se extingue porque su ascenso se viene truncando desde 2008, año desde cuando el presidente extinto “comandante eterno” hipoteca a Venezuela con los chinos y con los rusos.

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