Los Pecados Capitales en la Gastronomía

 

“El ego no engorda, podemos tragárnoslo de vez en cuando”

La soberbia es considerada desde hace siglos el peor de todos los pecados capitales y origen de todos los demás. La mayoría de las religiones coinciden en afirmar, que fue un pecado de orgullo el que llevó al Demonio a rebelarse contra su creador.

En realidad deberíamos hablar de soberbia, pues la soberbia es el deseo de ser preferido por otros, basándose en la satisfacción de la propia vanidad, del yo o ego. Y es de ese ego sobre-inflado, que lamentablemente tenemos en exceso hoy en nuestra Gastronomía, en la cocina cinco estrellas que está de moda, que vemos mucho a través de las redes sociales, donde observamos platos desfilar ante nuestros ojos en unos pulcros escenarios, pero que en algunos casos carecen, de verdadera identidad, vemos con mucha frecuencia a grandes cocineros luciendo ese ego inflado con natural orgullo.

El ego es una personalidad que cada uno ha construido y que podría en algún, momento apoderarse de nosotros. En realidad, el ego es una imagen distorsionada de nuestro verdadero ser, una trampa que la sociedad nos tiende a todas horas para apartarnos de lo esencial: valorar las cosas sencillas, auténticas que nos brinda la vida

Cocinar, aparte de considerar que es una de las mas grandes demostraciones de afecto, proporciona una gran satisfacción, al lograr generar en los comensales o clientes, estados de felicidad y sentimientos de pertenencia, de seguridad, de encontrarse en casa, aun fuera de ella o aún más haciendo que sus recuerdos de infancia, lugares, incluso situaciones lleguen a su memoria con tan solo un olor una textura o un sabor.

Esta capacidad de hacer el bien al prójimo, la han perdido estas personalidades llenas de ego en la cocina, solo les interesa el negocio o su posicionamiento en las redes o como los ve la sociedad dejando de un lado, algo que nos une; pero aún desconocemos y no es más que el amor por nuestra riqueza gastronómica.

Riqueza  utilizada como eslogan o como marca para decir que son amates del producto local o que apoyan la producción regional, cuando en realidad desconocen por completo los proceso de producción, o sin ir muy lejos el nombre del productor de las hortalizas que ponen en las preparaciones, algunos dirán que esto no es relevante!! Pero insisto que uno de los principales problemas de la gastronomía venezolana es el no reconocimiento de la misma en su verdadera esencia, en sus raíces, en los fogones y tradiciones, de nuestros antepasados, debemos volver la mirada a la alacena del campesino.

Esta falta de generosidad, se acompaña de un marcado tinte autoritario en su estilo de organización en la cocina, donde el protagonista principal es el “Yo” el ingrediente principal es el “Yo” hace fácilmente reconocibles a quienes cocinan con ego. Porque el afán, de sacar rentabilidad a su negocio, de estar de moda, de posicionarse, hace que  estos cocineros, arriesguen  con productos de media calidad o aun peor hablar de orgánico, de local, cuando en realidad sus orígenes son otros para finalmente caer en el infierno del engaño de lo inseguro o peligroso.

Para ser cocinero en esta Venezuela hay que poder sentirse agradecido, primeramente por que el destino permitió que naciéramos en el paraíso, debemos poner una buena parte de cariño y habilidad, preocuparnos por conocer de nuestros orígenes y nuestra riqueza agrícola.

La gastronomía, siempre ha estado ligada a la religión, incluso cuando queremos referirnos a una cocina extraordinaria la calificamos como “Divina”, indicando así su procedencia celestial, en las tribus primitivas el chamán, ejercía una función múltiple: de cocinero de médico y sacerdote, donde de alguna manera se entrelazan el mundo de los espíritus y la gastronomía. Sin embargo, nuestra moderna civilización, desdeña este aspecto de riqueza espiritual, que ofrece la comida bien elaborada. Hemos olvidado, como sentaba esa sopa caliente, que nos hacían nuestras madres y abuelas cuando estábamos enfermos, como reconforta, ese alimento elaborado con cariño, que comíamos en familia, en los días fríos, en los días donde nos ganaba el desánimo y hasta en algunos casos la soledad.

Y surge la pregunta de rigor:

¿Podemos realmente amar algo o a alguien cuando tenemos ego?

¿Cómo podemos amar nuestra gastronomía, como podemos amar nuestros productos como podemos amar la naturaleza si no abandonamos este cultivo de EGO que planificamos o que la sociedad nos impone?

Nacemos como seres auténticos, el EGO es todo lo contrario a nuestro propio ser, cuando vamos creciendo nos van creando un falso ser, eres católico, eres blanco, alemán, perteneces a una raza elegida por dios, actúan sobre el ego en el colegio, en el instituto, en la universidad, y sin darnos cuenta somos un gran EGO con título universitario preparado para salir al mundo, el ego tiene toda clase de deseos y ambiciones, y quiere siempre estar por encima de todo.

Para responder esas preguntas debemos comenzar por este punto: descartar todo lo que la sociedad nos ha dicho que es, no somos eso.

 “La generosidad es dar más de lo que puedes y la arrogancia es tomar menos de lo que necesitas”. (Hkalil Gibran)

Debemos comenzar por descubrir quiénes somos de dónde venimos, desmantelemos todo ese ego, cambiemos la soberbia en las cocinas por “Una cocina Soberbia” que no es más una cocina excelente, majestuosa, espléndida, magnífica, estupenda, maravillosa, grandiosa, sublime, regia, admirable, insuperable, cambiemos el orgullo en las cocinas, por una “Cocina de Orgullo” que no es más que una cocina  de satisfacción, de  honra, de dignidad, de honestidad, hagamos de nuestra gastronomía una verdadera Cocina Sincera

 

A quien amasa y cuece muchas cosas le acontecen

“El discípulo: Vengo a ti con nada en las manos.

El maestro: Entonces suéltalo enseguida

El discípulo: Pero ¿Cómo voy a soltarlo si es nada?

El maestro: Entonces llévatelo enseguida

 

De tu nada puedes hacer una autentica posesión

Y llevar contigo tu renuncia como un trofeo

No abandones tus posesiones. Abandona tu EGO”

(Extracto de la obra completa de Anthony de Mello)