El pan nuestro, ya no es de cada día en Venezuela

El pan está menos presente en la mesa de los venezolanos. (Foto: Archivo)

 

Francisco Rincón / noticias@laverdad.com
El producto más básico en el mundo y el que “resuelve más rápido” una comida en el país, se transformó en un “lujo”. Hambre, rabia, impotencia y frustración, son sinónimos de este alimento para los marabinos. De la presunta “guerra del pan”, anunciada por el Ejecutivo nacional, solo quedan las víctimas

Joaquín ama el pan, su anhelo es comerlo en el desayuno, la merienda y la cena, pero sus deseos quedaron en el pasado. De la “bonanza” de otrora, solo subsisten coletazos que se alimentan de la melancolía, frustración y resentimiento, porque ya no puede tenerlo. Su frecuencia en la mesa, es similar a su presencia en los mostradores de las panaderías y la cantidad de dinero en los bolsillos de “todo el pueblo”: limitada.

El pan forma parte tanto de la cultura, como de los hábitos de consumo y, a través del tiempo, se convirtió en un elemento “indispensable” en los hogares. Derivado del trigo, es el tercer alimento más consumido en Venezuela con un 69,7 por ciento de compra, de acuerdo a la Encuesta sobre Condiciones de Vida de los Venezolanos 2016 (Encovi). Su historia en el país es de vieja data y se remonta, según estudiosos en la materia, a principios del siglo XVI, estableciéndose las primeras panaderías en 1825.

De la época dorada se recuerda el pan bolillo, de piquito o de a locha, el bizcocho guamero o burrero, pero en la actualidad solo quedan vestigios. María Otaiza, una administradora que vive en San Francisco, señala que antes lo podía comprar todos los días y cuando “mucho faltaba para una cena o el desayuno”, pero ahora está ausente cinco días de la semana. “Nos comemos dos cada uno y en mi familia somos cuatro. Resuelve una comida rápido, pero al no poderlo comprar, es ahí donde uno se da cuenta de la triste situación que estamos viviendo en el país. Da de todo”.

Migajas 

Con un salario mínimo de 97 mil 531 bolívares y una inflación acumulada de 176 por ciento durante el primer semestre del año, de acuerdo a informaciones divulgadas por la Asamblea Nacional, los venezolanos deben hacerle frente a los “altos” precios del pan, escasez y colas. En promedio, una familia de cinco personas debe destinar cinco mil bolívares para adquirir 10 piezas e ingerir dos cada uno. Esto representa que, si la compra se origina para “resolver” cinco comidas a la semana, se necesitan 25 mil bolívares, lo que equivale al ahorro de ocho días de trabajo.

La Encuesta Nacional de Consumo de Alimentos (Enca) del año 2015, develó que el pan salado se encuentra de tercer lugar en la lista de principales preparaciones consumidas por la población en el desayuno y la cena, sin embargo, en esta última, el promedio de consumo aumenta, mientras que los resultados de Encovi en su estudio del año 2016, arrojaron que su ingesta ocupó el tercer peldaño de la lista en los hogares con pobreza extrema y segundo en los que se consideran no pobres.

Pese a que existen diversas presentaciones como canillas, francés, campesino, sobado, de ajonjolí, integral, de queso, acema, andino, dulce, de leche, guayaba, para hamburguesa, perro caliente o de jamón, el universo queda reducido en la mesa. Para Lizeth González, una joven marabina recién casada, la compra de este alimento se “desplomó” y pasó de adquirir 50 panes semanales a 20. “Invierto más de 15 mil bolívares y cada vez que escucho esa palabra, se me viene el hambre a la cabeza. Salgo del trabajo pensando en eso y me da arrechera e indignación porque no lo tengo. Dejó de ser lo más económico y es más rentable comprar un kilo de harina, pero el pan es la solución más rápida”.

Rompecabezas incompleto  

En comparación con el año 2015, durante el 2016 la compra de alimentos de harina de trigo, cayó en 9,8 por ciento según la Encuesta sobre Condiciones de Vida de los Venezolanos. Antropólogos resaltan que el pan aporta la energía necesaria para el trabajo cotidiano, es símbolo de hogar, familia y calidez, y no tenerlo, significa “dejar de lado sus nutrientes, sabor, carga de memoria, tradición y disfrute”.

María Elena Liebster, psicóloga clínica, señala que cuando las personas no tienen las cosas más básicas, se les hace difícil seguir adelante. Padecen de angustia, depresión, ansiedad, frustración e incluso ataques de pánico por no saber cómo manejarlo. “Cómo le explicas a un niño que no hay comida. Esto puede traer comportamientos que antes no hubiese ocurrido, aumento de violencia intrafamiliar, agresividad y desespero. Mientras lo básico no se satisfaga, es difícil que algo mejore. Debemos aprender a consumir otro tipo de alimentos, pero es responsabilidad del Estado garantizarlos todos”.

Sus teorías, concuerdan con la Pirámide de Maslow en la que se puede apreciar que satisfacer las necesidades de autorrealización, autoestima, sociales, de seguridad y básicas como la alimentación, permite el desarrollo del potencial, confianza, éxito, afecto, intimidad sexual, mantenimiento de la salud, entre otros.

Sin energía 

El paladar del farmacéutico José Fernández “extraña más que nunca” el pan dulce que ya no puede comprar y la ansiedad lo “ataca” con frecuencia. La impotencia y la tristeza también hacen mella en su estado anímico cuando recuerda aquellos “momentos tan dulces”. Los 12 mil bolívares que invierte a la semana para obtener 25 unidades no le alcanza para darse “un gustico” y solo piensa cuando llevaba 50 panes para su casa y sacaba de la bolsa para comer en el camino.

Marianella Herrera, directora del Observatorio Venezolano de la Salud, explica que  el pan no es un alimento igual de tradicional que la arepa y no posee las mismas características, sin embargo, es uno de los principales sustitutos y complementa la dieta. “Es un carbohidrato que aporta energía y cuando no está, la adecuación calórica se puede ver afectada. Tiene un significado bíblico y filosófico, representa comida. Para muchas familias es pilar fundamental de su alimentación”.

Para algunas personas, es la fuente de fibra y “trasmite lo básico”. Dada la escasez y los altos precios, “existe una disminución sustancial de su consumo e inclusive las personas están dispuestas a sacrificar las proteínas y lácteos para poder adquirirlos”, dice Herrera, quien añade que el pan “es un alimento rendidor, estratégico y muy apreciado”.

Un pedacito 

El caso de Graciela Montiel es “atípico” y mientras que en los hogares venezolanos el consumo de este alimento básico disminuyó, en el suyo aumentó. Anteriormente compraban pan una vez a la semana, pero en la actualidad el número se elevó a cuatro. “Tenemos que gastar 60 mil bolívares a la semana, pero ya estamos obstinados de comer arepa todos los días”, sentenció la trabajadora social.

Su teoría se hace menos “increíble”, si se toma en cuenta un estudio de opinión cuyos resultados determinaron que el 48,7 por ciento de los venezolanos encuestados en 2016, consideraron que su alimentación es monótona. La ausencia o limitaciones del pan en los hogares venezolanos, los priva de vitamina E y B, fósforo, calcio y hierro según el libro, La biblia de las dietas. Además, “representa el alimento más próximo a una suma mínima de elementos indispensables para el desarrollo y mantenimiento del organismo”. Pese a que en el país las personas lo sustituyan con plátano o yuca, anhelan que la “guerra del pan” que existe en Venezuela, según el presidente Nicolás Maduro, no termine de “quitarle sus migajas”.